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Antidepresivos en Atención Primaria: entre la utilidad clínica y la medicalización del malestar

Antidepresivos en Atención Primaria: entre la utilidad clínica y la medicalización del malestar

El editorial del último número de la revista Atención Primaria aborda el uso creciente de los antidepresivos (AD) en nuestro sistema sanitario y, en particular, en las consultas de Medicina de Familia. Lejos de limitarse a un análisis farmacológico, el texto recorre la historia, los datos de consumo, los determinantes sociales y los dilemas éticos que rodean a unos fármacos que hoy algunos autores ya califican como los “mal llamados antidepresivos”. 

Tiempo de lectura: 1 minuto
Fecha de publicación: 23 de enero de 2026

El artículo, a cargo de la coordinadora del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la semFYC, Luz de Myotanh Vázquez, recuerda que el punto de partida se sitúa en la década de los años 50, cuando “se descubrió que había una mejora en el estado de ánimo de pacientes que utilizaban la iproniazida”, un fármaco inicialmente diseñado como antituberculoso. Desde entonces, la psiquiatría vivió una transformación profunda, con la llegada de medicamentos como la imipramina en los años 50 o la fluoxetina en los 80, “el primer ISRS de la historia”, que revolucionó el tratamiento de la depresión. 

Sin embargo, el texto destaca que hoy los AD se prescriben mucho más allá de los trastornos depresivos. Migraña, dolor neuropático o fibromialgia son algunos ejemplos de indicaciones habituales en Atención Primaria y hospitalaria, lo que explica que la autora cuestione una nomenclatura basada únicamente en la depresión. 

Cifras de consumo al alza 

Los datos de consumo refuerzan esta preocupación. Según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, el número de dosis diarias definidas por 1.000 habitantes y día (DHD) ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas, pasando de 68,92 en 2013 a 99,27 en 2023. Solo en 2022, “en España se prescribieron un total de 52,5 millones de recetas de AD a cargo del sistema público, con un coste aproximado de más de 600 millones de euros”. Así, los ISRS lideran claramente este consumo, con escitalopram y sertralina en las primeras posiciones.  

El perfil de las personas consumidoras también dibuja un patrón claro: el consumo es “entre 1,5 veces y 3 veces mayor en mujeres que hombres”, aumenta con la edad, es más elevado en contextos de menor renta, mayor desempleo y en municipios pequeños. Un conjunto de datos que, según el editorial, debería hacer que “se enciendan algunas alertas” en la práctica clínica diaria de las médicas y los médicos de familia. 

Demasiados diagnósticos  

El texto también se centra en la expansión diagnóstica de los trastornos mentales. Desde 1952, el número de diagnósticos incluidos en el DSM ha pasado de 106 a más de 300, y la autora sostiene que los conflictos de interés existentes en su elaboración, recordando que “una parte importante de los expertos que elaboran este manual tienen conflictos de interés”. 

En cuanto a la eficacia de los AD, Luz de Myotanh indica que más prescripción no implica mejores resultados. En esta línea, las guías clínicas advierten que en la depresión leve no se recomienda su uso, y metaanálisis como el de Cipriani et al. muestran que solo “un 10-12% de pacientes con episodios de depresión moderada y grave mejoraban por el AD”. Todo ello, además, teniendo en cuenta que estos fármacos no están exentos de efectos adversos, lo que lleva a la médica de familia a recordar que “el principio ético de no maleficencia debería primar en su prescripción”. 

Menos medicalización, más comunidad  

Frente a este escenario, el editorial reivindica el papel de la Atención Primaria en la contextualización del sufrimiento. Muchos motivos de consulta responden a “malestares cotidianos” que podrían abordarse desde la comunidad, sin medicalización. Se propone, en este sentido, el modelo de no tratamiento basado en la empatía y la reconstrucción del relato del paciente, con el objetivo de evitar la prescripción innecesaria de psicofármacos, intervenciones que “pueden llevar tan solo 15 minutos”. 

Como conclusión, el texto plantea un reto para la Medicina Familiar y Comunitaria: aprender a enmarcar mejor las situaciones clínicas, reforzar la formación en entrevista clínica y psicoterapia —ya contemplada en el nuevo programa oficial de la especialidad (POE)— y asumir que “muchos de los malestares de la vida cotidiana se están medicalizando”. Un primer paso, señala Luz de Myotanh, para avanzar hacia un modelo de Atención Primaria más comunitario, prudente y centrado en las personas. 

Ya puedes leer el editorial completo clicando aquí.  

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