Mediación intercultural y salud comunitaria: cuando el acceso a la salud se construye en el territorio
La equidad en salud no depende únicamente de la universalidad formal del sistema sanitario, sino de su capacidad real para ser accesible, comprensible y cercano a las personas. En contextos de alta diversidad social y cultural, las barreras administrativas, habitacionales y simbólicas siguen condicionando el derecho efectivo a la atención sanitaria, especialmente en barrios con una elevada población migrante.
Esta mirada crítica y situada centró la intervención de Ana Mascaró, mediadora intercultural en Atención Primaria del Servicio de Salud de las Illes Balears, durante el webinar “Puentes de Equidad: Salud Comunitaria en Contextos Migratorios”, organizado por el PACAP de la semFYC. Su ponencia puso el foco en la mediación comunitaria como herramienta estructural para reducir desigualdades y repensar los modelos de atención sanitaria desde los determinantes sociales de la salud.
Mascaró compartió una experiencia de más de 18 años de trabajo en un centro de salud, donde la figura de la mediación intercultural —todavía sin un reconocimiento profesional pleno— se ha consolidado como un dispositivo clave de accesibilidad, acompañamiento y autonomía. “No se trata solo de traducir idiomas, sino de comprender contextos, códigos culturales y trayectorias vitales”, subrayó.
Acceso al sistema: la barrera invisible
Uno de los ejes centrales de la intervención fue el análisis del acceso al sistema sanitario y social. La dificultad para empadronarse, estrechamente ligada a la precariedad habitacional, emerge como una de las principales barreras estructurales: sin padrón no hay acceso a servicios sociales, y sin estos, el acceso a la salud también se ve comprometido. En este contexto, el trabajo comunitario y, en ocasiones, el trabajo de calle se convierte en estrategias necesarias para garantizar derechos básicos.
Mascaró insistió en la importancia de hablar de personas, y no de “migrantes” como una categoría homogénea y despersonalizada. “Cuando convertimos el origen en una etiqueta diagnóstica, corremos el riesgo de patologizar la diversidad”, señaló, alertando sobre prácticas que reproducen estigmas incluso dentro del ámbito sanitario.
Un sistema sanitario acogedor, no medicalizado
La ponencia cuestionó también el exceso de medicalización y defendió un sistema sanitario “acogedor”, capaz de generar confianza y escucha. La propia organización de los espacios —consultas sin camillas y con mesas redondas— se presentó como un gesto simbólico y práctico para favorecer relaciones más horizontales y comunitarias.
En la atención individual, la mediación permite abordar problemas prevalentes como la hipertensión o la diabetes desde una comprensión cultural de la alimentación, los hábitos y los significados asociados a la enfermedad. En el ámbito grupal, las actividades de educación para la salud priorizan la promoción del bienestar frente a la patologización, adaptándose a las demandas reales de las personas y las entidades del territorio.
Son Gotleu: la comunidad como activo de salud
El barrio de Son Gotleu, en Palma, fue presentado como un ejemplo vivo de salud comunitaria. Se trata de un barrio de llegada, con una población cambiante y una elevada diversidad cultural, donde desde hace más de dos décadas funciona una plataforma comunitaria que articula a profesionales de salud, educación, servicios sociales y entidades vecinales.
Desde esta plataforma se impulsan iniciativas como mapas de activos comunitarios, rutas saludables, comisiones de bienestar social, educación, adicciones o huertos urbanos, así como una estrecha colaboración con escuelas, consideradas espacios clave de encuentro intercultural y de relación con las familias.
La mediación intercultural participa además en redes municipales contra el racismo y en dispositivos de atención a personas en situación de prostitución, reforzando la accesibilidad sanitaria de colectivos especialmente vulnerabilizados.
Salud comunitaria para reducir desigualdades
La experiencia compartida por Ana Mascaró evidencia que la salud comunitaria no es un complemento, sino un pilar fundamental para abordar desigualdades complejas. Trabajar desde los determinantes sociales, en red y en el territorio, permite transformar la atención sanitaria en un proceso compartido, donde la comunidad deja de ser destinataria pasiva para convertirse en protagonista activa de su propia salud.