Tener en cuenta los determinantes sociales de la salud y el género en el abordaje del dolor crónico no oncológico
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El dolor es una experiencia subjetiva influida por aspectos sensoriales, emocionales y cognitivos, donde los determinantes sociales, incluido el género, desempeñan un papel crucial. Las inequidades en salud, como la falta de recursos y de acceso a los servicios, afectan significativamente a la prevalencia y el tratamiento del dolor. Las mujeres, más susceptibles al dolor crónico y con diferentes respuestas a los tratamientos, muestran estrategias de afrontamiento distintas a las de los hombres. Es fundamental integrar el análisis de sexo y género en la investigación y práctica clínica para mejorar la equidad y eficacia de los tratamientos del dolor.
Jusitificación
El dolor es una experiencia subjetiva influida por aspectos sensoriales, emocionales y cognitivos. En consecuencia, los determinantes sociales y, de forma particular, el género pueden ejercer un impacto significativo en la experiencia dolorosa. Los determinantes sociales de la salud se refieren a las condiciones en que las personas nacen, crecen, viven, se educan y trabajan, así como a las inequidades en poder, dinero y recursos que generan desigualdades en salud1. Todo ello puede condicionar de forma significativa la experiencia de dolor, su prevalencia y el tratamiento recibido. De hecho, las personas en riesgo de exclusión social se enfrentan a mayores barreras para recibir tratamientos adecuados, debido a factores como la falta de recursos económicos, el acceso limitado a servicios de salud y las creencias y las actitudes negativas por parte de profesionales de la sanidad2. En el caso del dolor lumbar crónico, por ejemplo, se ha observado una clara asociación entre los determinantes sociales y las diferencias en cómo las personas experimentan y manejan el dolor3. El sexo y el género también desempeñan un papel crucial en la experiencia del dolor y en los comportamientos asociados. Mientras
que el sexo hace referencia a las diferencias biológicas y fisiológicas que definen a las mujeres y los hombres, el género es un concepto más complejo. Este comprende los roles y las expectativas que la sociedad asigna a las conductas, pensamientos y características asociadas al sexo de una persona. Por tanto, sexo y género son términos distintos y fundamentales que deben evaluarse y abordarse como un continuo en pacientes con dolor, dado que la biología puede influir en los factores psicosociales y viceversa4. La evidencia ha mostrado que las mujeres, en comparación con los hombres, presentan mayor riesgo de desarrollar dolor crónico, un umbral doloroso más bajo y mayor sensibilidad al dolor dependiendo del tipo de estímulo, haciéndolas más propensas a consultar a su médica o médico por este motivo5. Ello puede conllevar que los profesionales sanitarios atribuyan los síntomas físicos a factores psicológicos con más frecuencia en las mujeres que en los hombres, o que al consultar se les prescriban más fármacos analgésicos (y psicofármacos en mujeres), y, por tanto, que sean más susceptibles a padecer efectos adversos. Sin embargo, las mujeres suelen adoptar estrategias de afrontamiento para el autocontrol del dolor más centradas en el apoyo social, en las reevaluaciones positivas y la autorregulación emocional, frente a los hombres, que recurren a la farmacoterapia y a técnicas de afrontamiento centradas en la resolución del problema como la distracción o el ejercicio físico5. Asimismo, se han observado diferencias entre hombres y mujeres en lo que se refiere a los efectos de los fármacos. En cualquier caso, no debemos obviar que la mayoría de los estudios se han centrado fundamentalmente en los hombres y que, en ciertas patologías, como la fibromialgia, las mujeres están sobrerrepresentadas, por lo que los estudios futuros deberían incluir la perspectiva de sexo o género para responder a sus necesidades y problemas de salud4. Comprender cómo los determinantes sociales, el sexo y el género influyen en la experiencia dolorosa es esencial para desarrollar tratamientos adaptados a las necesidades de cada persona que sean eficaces y equitativos, evitando sesgos en la atención prestada por parte del personal de sanidad en el abordaje del dolor crónico.
Bibliografía
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